Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas,
Así clama por ti, oh Dios, el alma mía.

Fueron mis lágrimas mi pan de día y de noche,
Mientras me dicen todos los días: ¿Dónde está tu Dios?

 ¿Por qué te abates, oh alma mía,
Y te turbas dentro de mí?
Espera en Dios; porque aún he de alabarle,
Salvación mía y Dios mío.

Pero de día mandará Jehová su misericordia,
Y de noche su cántico estará conmigo,
Y mi oración al Dios de mi vida.


¿Por qué te abates, oh alma mía,
Y por qué te turbas dentro de mí?
Espera en Dios; porque aún he de alabarle,
Salvación mía y Dios mío.

Salmo 42:3, 5, 8,11.

Nuestro primer texto es una descripción del estado de tristeza de un creyente, describe con figuras poéticas su dolor, se describe como un ciervo que clama por aguas, elemento esencial para la vida de la que carece, la imagen es de dolor, de ciervo que agotado sin agua clama por ella, esta imagen describe el corazón del creyente que se siente atribulado, y que llora expresando el profundo dolor de su corazón.

Describe un dolor continuo día y noche, son los extremos de ese dolor, es decir, es un dolor que no da descanso, día y noche lloro. En lugar de alimentos tengo lágrimas. La pérdida de apetito es un síntoma de este estado de depresión con el que hay que tener cuidado.

A este dolor se suma la crítica de quienes en su incredulidad juzgan a la persona que tiene esta tristeza con la pregunta ¿dónde está tu Dios? Si existiera te ayudaría, si te ama, te ayudaría. Pero la respuesta en esta condición no es solo desde la mente, no es hacer una apologética lo que se necesita en estos casos.

En esta situación el creyente incluso sufre esas horas oscuras donde ve a Dios lejano y lucha con esas providencias que no entiende. Tiene sed de Dios, porque no le experimenta o le siente lejano. ¿Qué hacer?

El inicio de la respuesta la vemos en el verso y comienza con el auto examen en forma de pregunta, ¿porque te abates alma mía? Este interrogante interior que se hace el salmista nos da la pista, de aquello que puede transformar esta situación, si lo temporal no me puede consolar, ni el agua ni el pan, (Sl 42:1,3). Abatimiento y turbación del alma describen la turbulencia que ocasiona en el corazón la ansiedad, que nos lleva a la desesperación y desesperanza, y con ello al llanto que expresa ese dolor interior.

No hay nada interior que pueda consolar, por eso el salmista dirige su corazón al Señor y expresa: Espera en Dios, la pregunta es ¿Qué debe esperar? Esta respuesta la encontramos en el verso:

8Pero de día mandará Jehová su misericordia,
Y de noche su cántico estará conmigo,
Y mi oración al Dios de mi vida.

No busques en lugares equivocados, no hay ningún pan material que pueda saciar la sed del alma, solo Dios es nuestra esperanza, no hay nada material que nos pueda dar la paz que necesita nuestra alma abatida, solo Dios, así que, debemos dirigir nuestra alma al agua de vida que sacia para vida eterna (Juan 4:4, 7:38-39), y al pan del cielo que es Cristo.  (Juan 6:22-59)

Esta es la antítesis del verso 3, donde de día y de noche hay lágrimas, ahora hay misericordia y canticos, esos canticos tienen una historia, o mejor dicho se basan en la historia, verso 6, nos dice:

6Dios mío, mi alma está abatida en mí;
Me acordaré, por tanto, de ti desde la tierra del Jordán,
Y de los hermonitas, desde el monte de Mizar.


El recuerdo del amor de Dios, de sus acciones salvadoras, del don de la salvación: Salvación mía y Dios mío. El consuelo está en recordar la obra de Dios. La Cruz es la manifestación clara de que no hemos sido abandonados por Dios, es la prueba de que sus misericordias se renuevan cada mañana (Lam 3:23). Mi oración al Dios de mi vida, hermanos en estos momentos difíciles recordemos la Gracia que como hijos tenemos de un Padre que escucha nuestras oraciones y nos ayuda. Él mandará su misericordia (vers 8).

El Salmo termina reiterando la pregunta y la respuesta, espera en Dios, y alaba su gracia, porque Él es tu salvación.

11¿Por qué te abates, oh alma mía,
Y por qué te turbas dentro de mí?
Espera en Dios; porque aún he de alabarle,
Salvación mía y Dios mío.

De su hermano, Pastor Oduver Miranda Benitez.

31 de marzo de 2020.

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