El poder del Espíritu Santo contra el desánimo.

«No se cansen de pedir, y Dios les dará; sigan buscando, y encontrarán; llamen a la puerta una y otra vez, y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra, y al que llama a la puerta se le abrirá.» Lucas 11: 9-10 

El texto que acabamos de leer, lejos de significar un cheque en blanco que le permite a todo ser humano obtener lo que quiera de la mano de un dios que sólo le interesa mantenerlos contentos, apunta directamente al corazón de los creyentes en Cristo, limitando así la respuesta de Dios sólo a una multitud particular de hombres y mujeres que tienen en sus almas el sello indeleble del Espíritu Santo.

Estos versículos se encuentran inmediatamente después de la revelación que el Señor Jesucristo había dado a los suyos (sus discípulos) sobre la oración, respondiendo a la petición de ellos: “enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos.” Y es esta una de las principales razones que tenemos para abrazar la interpretación propuesta en el primer enunciado: Lucas 11:9-13 es una respuesta a la oración del creyente. 

La oración es uno de los medios de gracia que más se observa en la Escritura, sin embargo comúnmente vemos un mal entendimiento de ella. El problema fundamental de la mayoría, es cuando se entiende el medio (la oración) como un fin en sí mismo, y no como el camino que nos lleva hacia alguien mejor (Dios). Por ejemplo: 

Muchos creyentes fijan metas de oración en términos de tiempo, y toman pasajes fuera de contexto para creer que entre más tiempo pasen orando, mejores resultados cuantitativos tendrán en su vida, no obstante eso no es cierto, porque el propósito fundamental de la oración es que nos acerquemos al Señor, para seguir siendo transformados a la imagen de su Hijo.

¿Cómo atendemos a este llamado de Dios a estar con Él (pedid, buscad, llamad)?

El V9 nos presenta tres (3) verbos conjugados en imperativo: Pedid, buscad y llamad, es decir tres (3) claras ordenanzas para los hijos de Dios, pero lejos de ser una pesada carga que quite la libertad de acción a los redimidos en esta vida, nos encontramos con la sorpresa de que cada parte de este reiterativo mandato, se encuentra seguido de una promesa de nuestro Señor Jesucristo (y se os dará; y hallaréis; y se os abrirá), prometiendo así el Todopoderoso el cumplimiento de sus propósitos en nuestra vida.

Sin embargo, y aunque es un hermoso mandamiento salido de la boca de Jesús, muchos creyentes no atienden el llamado de Dios a estar con Él, y en consecuencia comienzan a padecer el efecto contrario a las promesas del Señor, es decir, el desánimo les embarga y se sienten en algunos momentos de su existencia, perdidos y sin respuesta, alejados de los recursos divinos en medio de las dificultades, débiles al ser tentados y con los caminos al cielo aparentemente cerrados.

La falta de oración es el primer problema que afecta a toda la iglesia del Señor, el enemigo de nuestras almas hábilmente ha llenado la agenda de los hombres con cientos de actividades, y éstos creen que están obligados a cumplirlas todas aun sacrificando su consagración. El segundo de los problemas que observamos es que muchas veces pedimos mal, es decir, nos desenfocamos sobre lo que realmente debemos pedir, distrayéndonos con lo que las circunstancias del mundo nos dicen que debemos pedir de inmediato, por ejemplo, la mayor parte de los hombres piden les sean solucionadas las situaciones inmediatas de la vida, mientras que otros piden la provisión inmediata de los bienes materiales que el Señor mismo hará que tal vez tengamos en un futuro, mediante un esfuerzo serio y programado, para que podemos apreciar la bendita providencia del Señor actuando a nuestro favor.

¿Qué debemos pedir, buscar y llamar? El mismo texto nos lo aclara en el V13, es claro que la primera y principal referencia es a desear todos los bienes espirituales relacionados con el conocimiento de Cristo, del evangelio de la gracia, la salvación, y la madurez espiritual que requerimos para vivir en verdadera paz con el Señor.

-Pedimos a Cristo, buscamos a Cristo, y llamamos a Cristo-

Ahora bien, ¿si mi desánimo es por mi situación terrenal y temporal? la respuesta sigue siendo la misma, estás buscando lo temporal y tu mirada no está en Cristo, por eso lo terrenal te desanima. ¿Qué hacer entonces con la vida cotidiana, con las necesidades de vivienda, movilidad, educación, salud, ropa, calzado, alimento y tantas otras? ¿Son acaso una ilusión? Debemos orar pidiéndole al Señor por todas estas cosas y de manera diaria, la petición que encierra la frase: “el pan nuestro de cada día, dánoslo hoy…”, implica nuestra bendita dependencia del Rey de gloria, no sólo el la comida, que es tal vez la más visible de las necesidades, sino, de todos los aspectos de nuestra existencia material, la cual Él suple con excelencia, conforme a sus riquezas en gloria.

Pero debemos orar con fe, y ese es el tercer problema, en la carta a los Hebreos 11: 6 dice: “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” Por lo que entendemos que la Biblia ha revelado, podemos entender que para recibir toda la potencia salvadora del Señor en nosotros, debemos ser creyentes, pues la fe misma es también un don de lo alto.

Pero la fe connota para el creyente, que no siempre va a vivir en el tope de la emoción de la vida cristiana, creyéndose fuerte y capaz de resistir todos los embates del maligno, apagando los dardos que él envía, ¡no! seguramente habrá muchos momentos en que nos sentiremos solos y derribados, y es allí cuando la fe verdaderamente opera en nosotros porque no tenemos ninguna referencia visual, auditiva o sensorial que nos marque el camino por donde hemos de ir, y es allí cuando por la fe debemos creer que el Dios Espíritu está obrando en nuestra vida a pesar de toda la evidencia circunstancial en nuestra contra.

Con toda seguridad esperar bajo esas condiciones no es lo mejor que nos puede pasar, pero es justo en esos momentos cuando Dios nos recuerda que nos debe bastar con su gracia, porque su poder se perfecciona en nuestra debilidad.

El desánimo por lo general golpea al creyente aún después que éste ha tenido previas victorias sobre su propio pecado, las dificultades de la vida o de haber vencido tentaciones, es decir, cuando se siente más fuerte, ejemplos como el de Elías después de haber vencido en una gran lucha a los profetas de Baal, o el de la nación de Israel después de haber salido de Egipto, nos permiten comprender que el ser humano no tiene la estabilidad espiritual completa y por lo tanto está sujeto a la inestabilidad de una vida que conserva remanentes de pecado, pero el Señor no nos ha abandonado, sino que su Espíritu está con nosotros todos los días de nuestra vida para vencer.

Debemos creer con toda el alma, la mente el corazón y las fuerzas, y por sobre todas las cosas, que esto es una promesa de Dios, y que por lo tanto debemos estar tranquilos, pues Él nunca miente y siempre cumple sus promesas, lo que nos llena de esperanzas para vivir y vencer.

Confiamos en Dios porque la Escritura nos enseña que es digno de confianza, y los creyentes entendemos que Su Palabra es verdad, y en las narraciones históricas observamos que el Señor siempre ha sido fiel a su pueblo.

Hoy, todos y cada uno de nosotros somos testigos de la gran manifestación de poder del Espíritu Santo de Dios en nuestras vidas, pues al mirar el camino por donde hemos andado, observamos que es imposible que por nuestro propio esfuerzo o capacidad hayamos resistido a un mundo hostil y perverso que nos aborrece, desde nuestra niñez hasta nuestros días, Él gran amor de Dios nos ha sostenido, aunque nuestro sufrimiento también haya sido cierto.

Por todo esto podemos estar seguros que no hay razones para creer que en el futuro Cristo nos abandonará, pues Él no puede negarse a sí mismo. Por todas estas razones creemos que sólo el creyente en Jesucristo cuenta con el santo poder del Espíritu para vencer en un mundo que siempre quiere desanimarnos.

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